Hay inventos que solo pueden nacer de una guerra.

Publicado el 9 de abril de 2026, 20:52

Corría 1940 y Viena ya no era la ciudad que yo había conocido de niña. Las fachadas seguían en pie, los cafés seguían abiertos, los tranvías pasaban con su puntualidad de siempre. Pero había cosas que desaparecían sin aviso. La Coca-Cola era una de ellas. Los americanos y sus embargos se habían encargado de eso. Así que en Alemania inventaron un sustituto. Lo llamaban Fanta. El nombre venía de Fantasie, fantasía. Hacía falta mucha, la verdad, para llamar refresco a algo hecho con suero de queso y pulpa de fruta manzana. Pero era dulce. Y en aquella Viena de 1940, lo dulce escaseaba.

María llegó con dos botellas y esa sonrisa suya traviesa de cuando trae algo que sabe que va a causar efecto.

—Pruébala —dijo, poniéndomela delante.

La miré. Tenía un color entre naranja y amarillo. La olí. Olía a fruta pero no exactamente a ninguna fruta concreta.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—El futuro —dijo María, muy seria.

Le di un sorbo. Era extraña. Dulce, con burbujas, con ese sabor de cosas inventadas.

—Es rara —dije.

—Pero está buena.

—Es rara —repetí. Y le di otro sorbo.

María se rió  demasiado alto. 

—Todo lo bueno es un poco raro, Anna. Ya deberías saberlo.

Me quedé con la botella en la mano mirando por la ventana. Afuera pasaba un grupo de hombres con uniforme. Dentro, nosotras dos con nuestras Fantas recién inventadas.

El mundo se estaba rompiendo. Y aun así, aquella tarde con María y aquella bebida extraña que olía a ninguna fruta concreta, esa tarde fue buena.

— Anna, Viena 1940

 

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