Giorg

Publicado el 24 de marzo de 2026, 19:13

El hombre del otro lado del pasillo

Trieste, invierno de 1943

Hay una cosa que nadie te explica sobre vivir con alguien: que acabas conociéndolo por los sonidos antes que por las palabras.

Sé cuándo Giorg ha dormido mal por cómo arrastra la silla al levantarse. Sé si la reunión de la mañana fue bien o no por el tiempo que tarda en quitarse el abrigo al volver. Sé, sin verlo, si está leyendo o pensando, porque cuando lee pasa las páginas con un ritmo regular y cuando piensa no pasa ninguna.

Llevo meses aprendiendo ese idioma. Y lo curioso es que no me parece extraño. Ya lo había hablado antes.

Quién es Giorg

Capitàn de navìo e ingeniero. Eso es lo primero que sabe de él cualquiera que entre en esta casa. Los uniformes, los mapas, los informes doblados con una precisión que no admite arrugas. El sonido del papel áspero bajo sus dedos cada mañana  que no interrumpe el silencio sino que lo ordena.

Giorg huele a cuero pulido y a la nieve que arrastra en las botas. Tiene la espalda recta de quien ha aprendido desde joven que el cuerpo también comunica, que la postura es una declaración antes de que la boca diga nada. Habla poco. Observa mucho.

La primera vez que lo vi pensé: este hombre ya lo sé leer. No porque fuera simple, sino porque ya había crecido cerca de alguien así.

Lo que me resultó familiar

Mi padre, Johannes, era médico. Un hombre serio, de voz profunda y mirada fija, que llenaba las habitaciones sin necesitar hablar. De niña aprendí a leer sus silencios: uno breve significaba que todo iba bien, uno largo que no. No hacía falta más.

Con Giorg aprendí lo mismo, pero en otro idioma. Un segundo de más con los ojos cerrados: algo no había encajado. Cuando pronuncia mi nombre con ese tono bajo y exacto, ya sé si me está corrigiendo, cuidando, o las dos cosas a la vez.

Eso debería haberme asustado. Que alguien me resultara tan familiar antes de conocerlo del todo. Que reconociera algo en él que ya había aprendido a querer, y a temer, en otro hombre.

No me asustó. Quizás debería haberlo hecho.

Lo que todavía no sé

Hay una habitación en Giorg a la que no tengo acceso. Cerrada con llave, sin ventanas. Lo que guarda ahí dentro, lo que vio, lo que hizo, lo que eligió cuando no había buenas opciones , no me lo ha contado. Yo tampoco he preguntado.

Al otro lado del pasillo, el papel cruje bajo sus dedos. Un sonido limpio. Regular. Que ordena el silencio sin romperlo.

Eso también es una forma de decirme que está ahí.

Por ahora me basta.

Lo que todavía descubro

Hay gente que guarda todo bajo llave. Giorg no es así, aunque a veces lo parezca desde fuera.

Deja la puerta entornada. No de golpe, no con grandes gestos. Lo hace despacio, sin anunciarlo. En el modo en que a veces se detiene en el umbral y me mira un segundo más de lo necesario antes de salir. En cómo baja la voz cuando algo le ha costado, como si la ternura necesitara menos volumen que el resto. En esos momentos en que la rigidez cede un poco y aparece debajo un hombre que también tiene miedo, que también duda, que también necesita que alguien esté al otro lado del pasillo.

Eso no lo esperaba. O sí lo esperaba, pero no tan pronto, no tan claramente.

La vulnerabilidad en un hombre como él no llega con palabras. Llega en los gestos pequeños que cree que nadie ve. Yo los veo. Y cada vez que aparece uno, entiendo un poco mejor por qué estoy aquí.

— Anna Trieste, 1943

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