Protagonistas
Conoce a los protagonistas de Orden y Fuego

Anna
Anna creció en Viena, hija de un médico respetable y de una mujer que le enseñó que el silencio también puede hablar. Aprendió las dos cosas: a hacerse notar y a desaparecer cuando era necesario.
Más tarde se casó con Giorg y se trasladó a Trieste. Tenía poco más de veinte años, y la guerra formaba parte de todo: de las calles, de las decisiones y de la vida cotidiana, aunque dentro de casa siguieran existiendo sus propias reglas.
Anna no es una heroína ni una figura épica. No huye ni se rebela con grandes gestos. Pero observa, recuerda y escribe. Y en una historia marcada por la guerra, eso también tiene fuerza.
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Giorg
Giorg von Hohenberg creció en una casa donde nunca faltó nada, salvo permiso para ser niño durante demasiado tiempo. Heredero de un apellido pesado, hijo de un coronel retirado que no necesitaba alzar la voz para que todos obedecieran, aprendió pronto que el orden era la única defensa frente a aquello que no se puede controlar.
Cuando la vida le demostró que tenía razón, y lo hizo demasiado pronto y demasiado cerca, decidió que, si él era perfecto, quizá algo podría salvarse.
Es ingeniero naval. Lleva un uniforme que no eligió, como tantos otros en aquel invierno de 1943.
Huele a cuero pulido y a la nieve que arrastra en las botas. Camina sin desperdiciar un gesto. En Trieste dobla los informes de la mañana con una precisión que no rompe el silencio, sino que lo ordena.
Anna tardó años en entender que su obsesión no nacía del uniforme. Venía de mucho antes. De un niño que soñó con barcos y puertos iluminados, y que un día tuvo que dejar caer al suelo el barco que llevaba en la mano.
Lo que queda de aquel niño aparece en los gestos pequeños: en la bufanda que le acomoda al cuello antes de salir, en la puerta que deja entornada.

María
María es la amiga que Anna necesitaba y, a veces, la que sentía no merecer.
Desenfadada, práctica, con esa facilidad de quien parece no dejarse arrastrar por nada. Mientras Anna miraba el mundo intentando entenderlo, María ya había decidido vivirlo. Hablaba de chicos y de fiestas cuando Anna no podía dejar de pensar en la guerra. Se reía demasiado alto en los cafés de Viena justo cuando la ciudad empezaba a bajar la voz.
Pero debajo de ese desenfado había algo más. María era la única capaz de decirle a Anna lo que no quería oír. La que la entendía antes de que ella misma se diera cuenta. La que sabía levantarse de la mesa en el momento exacto, y siempre parecía saber cuál era.
No juzgaba. Observaba. Y cuando Anna necesitaba hablar de verdad, María estaba allí, con su taza de café y esa mezcla de ironía, ternura y lucidez que solo ella sabía ofrecer.
Gracias, María. No sé qué haría sin ti. Para eso están las amigas, ¿no?
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