No había medias, pero yo quería parecer mayor
Tenía una edad complicada para vivir una guerra. Era lo bastante mayor para entender que las cosas iban mal, pero lo bastante joven para seguir enfadándome porque no había medias.
Y sí, ya sé cómo suena eso. Había gente pasando hambre. Había familias que no sabían si al día siguiente podrían comprar pan. En casa se hablaba de cartillas, de cupones, de harina, de mantequilla, de café malo y de todo lo que ya no se encontraba. Yo lo escuchaba. Lo entendía. Pero también era una chica joven, y a esa edad una quiere verse bien aunque el mundo se esté cayendo.
Las medias empezaron a desaparecer. Primero dejaron de verse en algunas tiendas. Luego se volvieron carísimas. Después, directamente, era como si pedir unas medias bonitas fuera una falta de educación.
La seda y el nylon se usaban para la guerra. Para paracaídas, para material militar, para cosas importantes, decían los adultos. Y yo no decía nada, porque claro que un paracaídas era más importante que mis piernas. Pero aun así me daba rabia.
También había racionamiento para la ropa. No era solo la comida. No bastaba con tener dinero; necesitabas puntos, cartillas, permiso. Eso fue algo que me costó aceptar. Una podía mirar un escaparate y tener unas ganas enormes de comprar algo, pero las ganas no servían de nada.
Así que las mujeres se las arreglaban como podían.
Un día vi a una chica en la calle con lo que parecían medias. Me fijé más de la cuenta, porque yo era muy mala disimulando. Entonces vi que no llevaba medias. Llevaba las piernas pintadas. Y detrás, desde el talón hacia arriba, se había dibujado una raya fina para imitar la costura.
Me pareció una idea buenísima.
También me pareció un poco triste.
Pero sobre todo me pareció buenísima.
Así que quise probarlo. Me encerré en mi habitación con un lápiz y una seriedad absurda. Pensé que sería fácil. Solo había que hacer una línea recta detrás de la pierna. ¿Qué podía salir mal?
Todo.
La raya salió torcida. La corregí y quedó peor. Intenté hacer la otra pierna y ya fue directamente una desgracia. Cuando terminé, parecía que me había peleado con una silla y había perdido.
Mi madre me vio y se quedó callada un momento.
—Anna —dijo—, ¿qué te has hecho?
Yo le contesté que estaba probando una solución moderna.
Ella bajó la vista otra vez.
—Pues la solución moderna necesita práctica.
Me enfadé, claro. Luego me dio risa. Y después, no sé por qué, me entraron ganas de llorar.
Porque no era solo por las medias. Era por todo. Por el azúcar que había que medir. Por el pan que cada vez era peor. Por las colas. Por las mujeres que hablaban bajo en las tiendas. Por mi madre guardando trozos de tela como si fueran algo valiosísimo. Por esa sensación de que cualquier cosa normal podía desaparecer de un día para otro.
Una media. Un poco de mantequilla. Una carta. Una persona.
Yo quería parecer mayor, elegante, tranquila. Quería salir a la calle y que no se notara tanto la guerra. Pero se notaba. Se notaba en la ropa, en los zapatos, en la comida, en las conversaciones y hasta en las piernas mal pintadas de una muchacha que no sabía hacer una raya recta.
Ahora pienso en aquella tarde y me da un poco de ternura. También un poco de vergüenza, para ser sincera.
Pero quizá crecer en aquellos años fue eso: aprender a arreglarse con poco, a fingir un poco de normalidad y a descubrir, bastante pronto, que el mundo adulto tampoco sabía muy bien cómo seguir adelante.
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