No sé si una historia empieza donde creemos que deberìa comenzar.
Yo diría que la mía empezó en Viena, cuando conocí a Giorg y me le quedé mirando sin poderlo evitar. Pero también empezó antes, en la casa de mi padre, donde aprendí que las palabras pesaban y que una mujer podía ocupar muy poco espacio sin que nadie se lo pidiera.
En realidad, empezó en Trieste, en 1943. Cuando entendí que una casa bonita no es lo mismo que un lugar seguro. Vivíamos con vistas al puerto. Había muebles encerados, ropa limpia, té servido a la hora correcta y una calma que era solo aparente. El miedo estaba en todas partes. Se hablaba más bajo. Los nombres se evitaban. Los trenes, los papeles, las visitas inesperadas y las botas en la calle fueron cambiando la normalidad. Una aprende rápido a distinguir una llamada normal en la puerta de otra que puede cambiarte la vida.
Yo soy la esposa de un capitán de navío. Eso, en aquel mundo, abría puertas, imponía respeto. También me encerraba en algo que todavía me pesa: mientras fuera faltaba pan, dentro de casa seguíamos teniendo manteles, copas, criados, fuego encendido. No era inocente vivir así. No del todo. Yo también tenía miedo. Giorg era difícil de descubrir. Educado para no mostrar grietas. Yo creía que su silencio era frialdad, hasta que entendí que era la manera que tenía de no derrumbarse. Me atraía esa calma aparente.
Quería hacerlo reír, desordenarlo un poco, descubrir lo que quedaba de él cuando no tenía que aparentar nada. Quería saber si las órdenes que cumplía le pesaban. En este libro cuento eso, cómo intenté amar a un hombre que escondìa demasiadas cosas. Cómo aprendí a leerlo en gestos mínimos, en una pausa antes de responder, en la forma de doblar un papel o cerrar una puerta. Cuento el deseo, también. No un adorno, sino una forma de hablarnos cuando las palabras podían ser peligrosas.
En una época en que casi todo exigía obediencia, tocarse con cuidado, preguntar, esperar, era también una forma de resistir. También cuento lo que descubrí de Giorg. No era un héroe de discursos. Usaba lo que tenía a disposición, listas, permisos, horarios de trenes, informes. La misma burocracia que servía para controlar podía, en sus manos, abrir una rendija. Un nombre salvado. Un papel que no debía existir. Y yo, que al principio solo quería entender por qué mi marido se alejaba de mí incluso estando en la misma habitación, acabé entendiendo que su distancia tampoco era siempre rechazo. A veces era protección. Otras, simplemente miedo.
No cuento una historia limpia. Sería mentira. Cuento una historia de amor dentro de un mundo sucio, vigilado, lleno de decisiones pequeñas que podían costar demasiado. Cuento la vergüenza de comer bien. Las noches que una quiere tocar a alguien y no sabe si mañana estará. La rabia de que nadie te pregunte qué has visto. Cuento también mis torpezas, mis impulsos, mis ganas de reír en momentos absurdos.
En Trieste aprendí que el peligro no siempre se anuncia. Puede llegar con buenos modales y una pregunta que parece inofensiva. Y que el amor no siempre salva. A veces solo acompaña. Y eso también es algo. Eso es lo que cuento en el libro. No cómo sobrevivimos. Cuento cómo, entre el orden que nos imponían y el fuego que intentábamos esconder, seguimos eligiéndonos.
Orden y Fuego sale próximamente en la Colección Mil Amores de Lantia.
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