Amar en tiempos de guerra
La guerra no hace que la vida se detenga. Eso fue una de las cosas que más me costó entender. Todos nos imaginamos que la guerra entra como un sobresalto, como una explosión. No, la vida sigue.
Los tranvías siguen pasando. En los cafés todavía sirven, aunque el azúcar falte. La gente compra pan, discute con el tendero, se arregla el cuello del abrigo antes de salir. En las casas se sigue cosiendo, se sigue barriendo, se sigue diciendo “mañana” con esperanza.
Y también se enamora.
Eso, escrito así, puede sonar indecoroso. Pero ocurría. En Viena, antes de que todo terminara de torcerse, una podía salir del teatro con las manos frías, guardar una entrada en el bolsillo y pensar en un hombre durante todo el camino a casa. La guerra estaba en los periódicos, en las conversaciones que bajaban de volumen cuando alguien se acercaba, en las madres que miraban demasiado tiempo por la ventana. Pero el cuerpo, terco como siempre, seguía haciendo sus propios planes.
El amor que no espera
En aquellos años, amar no tenía nada de heroico la mayor parte del tiempo. Era algo más pequeño. Esperar a alguien a la salida de un edificio. Reconocer sus pasos en un pasillo. Fingir que una carta que tardaba demasiado no importaba tanto. Aprender la manera en que una persona se quitaba los guantes, como si ese gesto pudiera salvarte un poco del resto del día.
En la guerra, prometer el futuro daba un poco de vergüenza; nadie sabía si estaría vivo para cumplirlo. Seguíamos hablando de viajes, de casas y de cenas tranquilas, como si el tiempo estuviera bajo nuestro control. Pero detrás de cada palabra había una duda que se sentaba a la mesa con nosotros, recordándonos la verdad
Aun así, prometíamos. Quizá porque era lo único que podíamos hacer sin pedir permiso.
Yo lo entendí despacio. O fingí entenderlo despacio, que no siempre es lo mismo. Teníamos menos tiempo del que una quería admitir y del que queríamos. Lo sabía cuando Giorg se quedaba callado un segundo más de la cuenta. Lo sabía cuando yo hacía una broma tonta solo para comprobar si todavía podía hacerlo reír.
A veces pienso que el amor en esos años se parecía menos a una decisión solemne que a un gesto torpe y necesario, guardar una carta en el cajón de la ropa interior, besar a alguien en un pasillo donde cualquiera podía entrar, decir “cuídate” cuando una quería decir muchas cosas más y no encontraba ninguna que no diera miedo.
Lo que la guerra cambia
La guerra no apaga los sentimientos. Los vuelve incómodos, incluso podría decir que los vuelve mas intensos. . Les quita espacio. Todo parece llegar con demasiada prisa, una mirada, una despedida, una mano que se queda un instante más sobre la nuca… esas cosas ya no se podían dejar para mañana.
Cuando un hombre se iba, no dejaba solo una silla vacía. Dejaba ropa doblada, una taza usada, una frase que se repetía en la cabeza hasta gastarse. Dejaba también una pregunta horrible, si volvería siendo el mismo...o incluso, si volvería. Y quienes esperaban tenían que aprender a vivir con esa pregunta sin dejar que se les notara demasiado.
Esperar también era la forma mas absoluta de querer, aunque a veces se pareciera demasiado al miedo.
Las mujeres leíamos cartas como si fueran informes médicos. Una palabra de menos. Una frase demasiado correcta. Una despedida más seca que la anterior. Todo podía significar algo. O nada. Esa era la crueldad, una nunca sabía cuándo estaba imaginando demasiado y cuándo, por fin, había entendido.
Yo aprendí algo de eso siendo niña, en el hospital de mi padre. Aprendí a mirar las manos, la espalda, la forma en que alguien se sentaba cuando no podía más. Vi a personas con un sobre en el regazo, esperando detrás de una puerta cerrada, fingiendo paciencia porque era lo único que les quedaba. Vi hombres que decían estar bien y no conseguían levantar la vista. Vi mujeres que se arreglaban el sombrero antes de recibir una mala noticia.
Después, con Giorg, volví a verlo de otra manera. Él podía entrar en una habitación sin hacer ruido y, aun así, cambiarla entera. Yo sabía cuándo venía cansado, cuándo venía preocupado, cuándo había visto algo que no pensaba contarme. No siempre preguntaba. A veces porque era prudente. A veces porque tenía miedo de la respuesta.
Y otras, sencillamente, porque lo quería.
Amar después
Cuando termina una guerra, si es que termina de verdad, la gente espera que una respire aliviada y siga adelante. Como si bastara con abrir las ventanas, quitar las banderas y cambiar los nombres de las calles.
Pero el amor que ha vivido con miedo no vuelve intacto a la mesa del desayuno.
Hay parejas que sobreviven a las bombas, a las listas y a las despedidas en estaciones llenas de humo e incertezas. Y luego, cuando por fin llega una tarde tranquila, no saben cómo estar juntos sin miedo. Se han acostumbrado a hablar bajo, a no contar ciertas cosas para que el otro pueda dormir. La paz exige una intimidad distinta. A veces más difícil.
En la guerra, una sabe contra qué está luchando. Después, el enemigo puede estar en una pesadilla, en la forma en que alguien se queda mirando por la ventana aunque ya no pase ningún camión.
Giorg habló poco de lo que vio. Intentaba no preguntar. Entre nosotros hubo zonas cerradas, como habitaciones de la casa a las que una entra solo para limpiar el polvo y salir enseguida. No sé si hicimos bien. En algunos días pienso que sí. En otros, me pregunto cuántas cosas se quedaron allí dentro, a oscuras, porque ninguno de los dos tuvo el valor de encender la lámpara.
Años después supe más sobre Claus von Stauffenberg y Nina. Eran personas. Eso es lo que más pesa.
Claus y Nina se conocieron muy jóvenes, en un mundo de bailes y tradiciones que la guerra terminó por destruir. Tuvieron cinco hijos, compartieron cartas constantes mientras él estaba en el frente. Cuando Claus regresó gravemente herido y empezó a planear en secreto el atentado contra Hitler, tomó una decisión difícil, no contarle nada a su esposa para protegerla si las cosas salían mal. Nina no necesitaba detalles para saber que su marido se estaba jugando la vida, sin preguntas, le hizo saber que lo apoyaba. Claus murió fusilado tras el fracaso del complot y ella tuvo que sobrevivir embarazada a los interrogatorios de la Gestapo y a los campos de concentración. Su historia no fue solo un romance de juventud, sino un pacto de lealtad tan silencioso como indestructible.
Pienso en Nina llamando a sus hijos, midiendo las palabras qué podía decirles y las qué debía guardar. Pienso en una mujer embarazada, detenida, obligada a proteger a los suyos incluso cuando ya no tenía casi nada con qué protegerlos. Hay amores que no terminan con la muerte de uno de los dos. Se quedan dentro del que sobrevive, y aparecen cuando la casa está en silencio.
Quizá por eso me cuesta hablar del amor en guerra como si fuera algo hermoso. A veces lo es, claro. Hay manos que salvan una noche. Hay cartas que mantienen viva a una persona una semana más. Hay cuerpos que se buscan porque necesitan recordar que aún pertenecen a algo más que al miedo.
Pero también hay un amor que queda recogiendo los restos. Un amor que aprende a callar delante de los niños. Un amor que hace inventario de lo perdido y aun así prepara el desayuno.
Lo que queda
De aquellos años no me queda una gran lección. Me queda algo más simple. El amor aparece también cuando no conviene.
Aparece entre horarios militares, colas de pan, cartas dobladas y despedidas mal hechas. Aparece aunque el futuro tenga mala letra. Aparece incluso cuando una está despeinada, asustada, diciendo una tontería en el peor momento solo para no derrumbarse.
En Viena lo descubrí casi jugando.
En Trieste lo entendí con miedo.
Y quizá amar en tiempos de guerra fue eso, cuidar algo pequeño mientras todo alrededor insistía en romperlo.
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