Había una papeleta. Un círculo grande con el Ja bien centrado. Un círculo pequeño con el Nein en la esquina, casi disculpándose por estar ahí. Y delante de ti, mientras votabas, las SS.
No había urna donde depositar el voto en secreto. No había momento en que nadie te viera. Era el 10 de abril de 1938, casi un mes después de que los tanques alemanes cruzaran la frontera austriaca, y Austria ya no existía como país independiente. El referéndum era, en realidad, una confirmación de lo que ya había ocurrido. El resultado oficial fue el 99,70% a favor de la anexión.
En Innervillgraten, un pueblo pequeño donde las SS no estuvieron presentes durante la votación, el resultado fue el 95% en contra.
Mi padre no habló de eso en casa. Pero lo supe igual.
El juramento
Después del Anschluss, todos los que dependían del Estado tuvieron que prestar juramento de lealtad personal a Hitler. No a Austria. No al Reich en abstracto. A él. A su persona.
La fórmula era clara: obediencia incondicional al Führer, con disposición a defender ese juramento con la propia vida. Para los funcionarios civiles, médicos, maestros, empleados públicos, el texto era ligeramente distinto pero igual de personal: seré fiel y obediente al líder del Reich y el pueblo alemán, Adolf Hitler, observaré la ley y cumpliré concienzudamente mis deberes oficiales.
No era un juramento a una constitución ni a una nación. Era a un hombre. Esa diferencia, que podría parecer solo semántica, lo cambiaba todo.
Lo que pasaba si te negabas
Dependía de quién eras.
Si eras funcionario civil, la negativa significaba la expulsión inmediata del cargo. Sin indemnización, sin referencias, con el expediente marcado. Algunos fueron además internados en campos de concentración por condenar públicamente las acciones del régimen. Otros caían en la pobreza en silencio, sin que nadie hablara de ellos.
Si eras militar, las consecuencias eran más severas. Negarse no era solo una cuestión disciplinaria, era traición. Y la traición en tiempos de guerra tenía una sola respuesta.
Los casos más extremos los vivieron quienes se negaron por motivos religiosos. Hubo católicos ejecutados por negarse a jurar fidelidad a Hitler. A varios de ellos, familiares, sacerdotes e incluso obispos intentaron convencerles de que juraran por el bien de sus familias. Ellos se negaron. Murieron por eso.
Uno de ellos pasó toda la noche anterior a su ejecución rezando con su rosario. Otro murió de inanición en un camión de camino al cadalso, después de ocho días sin comer ni beber. El soldado nazi que lo escoltaba dijo después que le impactó profundamente su serenidad.
La Iglesia se olvidó de muchos de ellos durante décadas. No fue hasta los años noventa cuando empezaron a recuperar sus nombres.
Lo que hacía la mayoría
La mayoría juraba.
No necesariamente por convicción, sino porque la alternativa era demasiado cara y el gesto demasiado pequeño para justificar el precio. Juraban y luego intentaban vivir con eso de la manera que podían, compartimentando, diciéndose que era solo palabras, que lo importante era seguir haciendo su trabajo, cuidando a sus pacientes, protegiendo a su familia.
Algunos lo creían de verdad. Otros se lo repetían hasta convencerse. Otros simplemente no pensaban en ello.
Después de la guerra, muchos oficiales recurrieron al juramento para justificar sus acciones, alegando que solo cumplían órdenes. Lo que consiguieron fue diluir su responsabilidad personal detrás de un acto que, en su momento, habían elegido hacer.
Eso también hay que decirlo.
Lo que mi padre hizo
Mi padre nunca me dijo qué hizo. Yo nunca le pregunté.
Sé que siguió trabajando en el hospital. Sé que siguió creyendo que el paciente es paciente aquí y en cualquier frontera, que la sangre no pregunta qué himno estás cantando. Sé que hablaba de política en casa muy bajo, con la radio apagada y la ventana cerrada.
Si juró, lo hizo callado. Si no juró, también.
Hay preguntas que, en ciertas épocas, es más prudente no formular en voz alta. Y hay respuestas que una persona puede llevarse consigo sin que eso signifique cobardía. A veces significa exactamente lo contrario.
No lo sé. Nunca lo sabré.
Y quizás eso también forma parte de la historia.
Lo que hizo Giorg
Hay cosas que nunca le pregunté directamente. No porque no quisiera saberlas, sino porque ya sabía la respuesta y no estaba segura de querer escucharla en voz alta.
Giorg juró.
Lo supe sin que me lo dijera. Un coronel del ejército en la Austria de 1938 no tenía otra salida. Negarse era el fin de todo: el cargo, la carrera, la posibilidad de proteger a quienes dependían de él. Y Giorg era, antes que cualquier otra cosa, un hombre que no abandonaba a los suyos.
Eso también es una forma de lealtad. Aunque no sea la que pide el juramento.
Lo que no se puede elegir
He pensado mucho en eso. En la diferencia entre los que juraron creyéndolo y los que juraron porque no tenían otra opción. Desde fuera, el gesto era idéntico: la misma fórmula, la misma voz, la misma mano levantada. Pero por dentro no era lo mismo. No podía serlo.
Giorg no era un hombre de ideología. Era un hombre de orden, de estructura, de deber hacia las personas concretas que tenía delante. La política, en el sentido grande, le interesaba menos que la pregunta de qué hacer con lo que había frente a él cada mañana.
Eso lo entendí tarde. O quizás lo entendí siempre y tardé en darle el nombre correcto.
Lo que nunca dijo
Nunca habló del juramento. Ni el día que lo prestó, ni después. Había en él esa manera de guardar ciertas cosas en una habitación sin ventanas, cerrada con llave, a la que nadie tenía acceso. Ni yo.
A veces, por las noches, cuando ya dormía y yo seguía despierta escuchando la ciudad, me preguntaba si esa habitación le pesaba. Si había momentos en que la puerta amenazaba con abrirse sola.
Nunca lo supe. Nunca pregunté.
Hay matrimonios que se sostienen, en parte, sobre lo que los dos deciden no nombrar. No por cobardía. Por algo más parecido a la misericordia.
Lo que pienso ahora
Ahora, desde Trieste, con la guerra ya instalada como un mueble más en esta casa, lo miro doblar sus informes cada mañana y pienso que el juramento no lo cambió. Que el hombre que levantó la mano en 1938 es el mismo que frena una camilla en un pasillo con esa precisión suya, el mismo que se anuda la corbata antes de salir a cosas de la guerra sin explicar nada más.
Juró porque no tuvo otra opción. Y luego siguió siendo él.
No sé si eso es suficiente. No sé si alguna vez lo sabré.
Pero sé que hay una diferencia entre el hombre que jura porque quiere y el que jura porque el mundo no le deja otra puerta abierta. Y que esa diferencia, aunque nadie la vea desde fuera, existe.
Yo la veo.
— Anna
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